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Dirigentes Millonarios, Obreros pobres

Dirigentes Millonarios, Obreros pobres


El sindicalismo argentino tiene tres costados perversos: corrupción, violencia e impunidad. Y su dirigencia, la que representa a la masa de trabajadores se caracteriza por ser varias veces millonaria. Dirigentes sindicales millonarios que representan a trabajadores que no siempre alcanzan a superar la línea de pobreza.

Tan sólo repasar las últimas décadas obliga a advertir que esta clase de sindicalismo ha sido cómplice y protagonista decisivo para que los trabajadores sean siempre la variable de ajuste del modelo imperante. Fueron cómplices en la pérdida de conquistas laborales, fueron cómplices necesarios en la caída del salario, y en la precariedad laboral. Así creció en la clase trabajadora y en el conjunto de la población el sentimiento de rechazo hacia esta dirigencia sindical. Sin embargo, toda la dirigencia política de una u otra manera los ha cobijado, utilizado y alimentado. Este sindicalismo, que tiene su rostro más perverso en los Hugo Moyano y sus hijos, en los José Pedraza, en los Gerónimo “Momo” Venegas, en los Juan José Zanola, entre muchos otros, es una maquinaria aceitada y puesta al servicio del mejor postor.

No hay que olvidarse de los trece paros generales que padeció el gobierno de Raúl Alfonsín en la reciente recuperada democracia, luego de denunciar el pacto entre sindicalistas y militares. Incluso se vio obligado a entregar el Ministro de Trabajo al secretario General de Luz y Fuerza, Carlos Alderete y luego entregar el poder antes de tiempo al electo presidente Carlos Menem. El sindicalismo corrupto, violento e impune había cumplido así una gran misión al peronismo. En la década de los ´90, ese mismo sindicalismo fue un factor clave y hasta promovió y fue parte de las privatizaciones de las empresas del Estado, dejando a muchos trabajadores fuera del mercado laboral, incrementando el trabajo en negro y los que estaban en blanco debieron soportar leyes de flexibilización laboral y la privatización de las cajas de jubilaciones, entre otras entregas. Sólo la Central de Trabajadores Argentinos se opuso a ese modelo y por eso fue castigada con le negativa de que cuente con una personería jurídica. Castigo que también ejecuta el actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. 

Hace pocos días, la Justicia privó de la libertad al titular de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UARTRE), Gerónimo Venegas, por la investigación de los medicamentos truchos que involucran a las obras sociales de los sindicatos. Ese sindicalismo, junto con las patronales como la Sociedad Rural, salieron a cortar la ruta del país. Querían impunidad. Venegas fue excarcelado luego de pagar una fianza en efectivo de 500 mil pesos. Hace pocas horas, la jueza Susana Wilma López, en el marco de la investigación por el asesinato de Mariano Ferreyra ocurrido en octubre pasado a manos de una patota vinculada al gremio ferroviario, detuvo a José Pedraza. 

Ese sindicalismo salió a hacer huelgas para pedir la liberación de su líder como si fuera una reivindicación laboral y no se estuviera frente a una investigación penal por el asesinato de una persona. Este sistema de casta en el sindicalismo argentino no sólo ha sido cómplice y protagonista de la destrucción del país, sino que estructuró para defender sus intereses y sus negocios un sistema mafioso que tiene en la actualidad plena vigencia y que se sustenta en la corrupción, la violencia y la impunidad. Pero con otro ingrediente: cuenta con la solapada complicidad de la dirigencia política, especialmente del oficialismo y de la oposición. 

El sindicalismo argentino tiene tres costados perversos: corrupción, violencia e impunidad. Y su dirigencia, la que representa a la masa de trabajadores se caracteriza por ser varias veces millonaria. Dirigentes sindicales millonarios que representan a trabajadores que no siempre alcanzan a superar la línea de pobreza.

Tan sólo repasar las últimas décadas obliga a advertir que esta clase de sindicalismo ha sido cómplice y protagonista decisivo para que los trabajadores sean siempre la variable de ajuste del modelo imperante. Fueron cómplices en la pérdida de conquistas laborales, fueron cómplices necesarios en la caída del salario, y en la precariedad laboral. Así creció en la clase trabajadora y en el conjunto de la población el sentimiento de rechazo hacia esta dirigencia sindical. Sin embargo, toda la dirigencia política de una u otra manera los ha cobijado, utilizado y alimentado. Este sindicalismo, que tiene su rostro más perverso en los Hugo Moyano y sus hijos, en los José Pedraza, en los Gerónimo “Momo” Venegas, en los Juan José Zanola, entre muchos otros, es una maquinaria aceitada y puesta al servicio del mejor postor.

No hay que olvidarse de los trece paros generales que padeció el gobierno de Raúl Alfonsín en la reciente recuperada democracia, luego de denunciar el pacto entre sindicalistas y militares. Incluso se vio obligado a entregar el Ministro de Trabajo al secretario General de Luz y Fuerza, Carlos Alderete y luego entregar el poder antes de tiempo al electo presidente Carlos Menem. El sindicalismo corrupto, violento e impune había cumplido así una gran misión al peronismo. En la década de los ´90, ese mismo sindicalismo fue un factor clave y hasta promovió y fue parte de las privatizaciones de las empresas del Estado, dejando a muchos trabajadores fuera del mercado laboral, incrementando el trabajo en negro y los que estaban en blanco debieron soportar leyes de flexibilización laboral y la privatización de las cajas de jubilaciones, entre otras entregas. Sólo la Central de Trabajadores Argentinos se opuso a ese modelo y por eso fue castigada con le negativa de que cuente con una personería jurídica. Castigo que también ejecuta el actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. 

Hace pocos días, la Justicia privó de la libertad al titular de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UARTRE), Gerónimo Venegas, por la investigación de los medicamentos truchos que involucran a las obras sociales de los sindicatos. Ese sindicalismo, junto con las patronales como la Sociedad Rural, salieron a cortar la ruta del país. Querían impunidad. Venegas fue excarcelado luego de pagar una fianza en efectivo de 500 mil pesos. Hace pocas horas, la jueza Susana Wilma López, en el marco de la investigación por el asesinato de Mariano Ferreyra ocurrido en octubre pasado a manos de una patota vinculada al gremio ferroviario, detuvo a José Pedraza. 

Ese sindicalismo salió a hacer huelgas para pedir la liberación de su líder como si fuera una reivindicación laboral y no se estuviera frente a una investigación penal por el asesinato de una persona. Este sistema de casta en el sindicalismo argentino no sólo ha sido cómplice y protagonista de la destrucción del país, sino que estructuró para defender sus intereses y sus negocios un sistema mafioso que tiene en la actualidad plena vigencia y que se sustenta en la corrupción, la violencia y la impunidad. Pero con otro ingrediente: cuenta con la solapada complicidad de la dirigencia política, especialmente del oficialismo y de la oposición. 
Dirigentes Millonarios, Obreros pobres
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La CGT y el peronismo

La CGT y el peronismo

El sindicalismo argentino organizado alrededor de la Confederación General del Trabajo (CGT), a diferencia de los sindicatos y centrales sindicales de otros países que estuvieron vinculados a los partidos comunistas, socialistas e incluso anarquistas, fué desde mediados de los años cuarenta, la «columna vertebral» del partido Justicialista conducido en vida por el Gral. Juan Perón, esto generó que la dependencia partidaria de los sindicatos fuera cada vez mayor, y que las decisiones de estos tuvieran que ver más con cuestiones internas del peronismo, que con las propias necesidades de los trabajadores. 

El fuerte movimiento obrero argentino reconocido por sus logros y sus luchas, fué vaciado de contenido por una elite burócrata, en los últimos 25 años, que supo mantenerse a la cabeza de los sindicatos de la CGT vía diversas alianzas con el poder político de turno, fuera este encabezado por gobiernos militares o «democráticos».

Los distintos intentos de construcción de un sindicalismo combativo como fué la «CGT de los Argentinos» en los años 70s, fueron atacados por esta burocracia sindical, como por los gobiernos de turno que se encargaban de proscribir, perseguir e incluso aniquilar a los principales cuadros de esta corriente, recordemos el periodo de 1975/76 de López Rega y las triple A, así como el nefasto periodo de la dictadura genocida de 1976/83 que desapareció, asesinó y encarceló a todos los dirigentes y activistas sindicales comprometidos. Con la vuelta de la democracia el sindicalismo agrupado en la CGT supo conducir luchas importantes en tanto no estaba en juego su identidad peronista, así el Gobierno del radical Raúl Alfonsin (1983/1989) tuvo que soportar 13 paros generales que paralizar la argentina y lograron frenar en parte el embate de una política que años después (con el menemismo) habría de consolidarse.

En 1989 con la asunción del presidente de origen Justicialista Carlos Menem, la situación seria otra. Este “caudillo provincial” llega al poder en alianza con sectores sindicales y populares, con un programa de tinte nacionalista y populista, al llegar al gobierno borra con el codo lo que escribió con la mano y decide entablar alianzas con sectores del capital financiero y los sectores más concentrados de la industria. 

Con la asunción del “Superministro” estrella de Economía durante el menemato, Domingo Cavallo, se consolida la implementación de las clásicas medidas fondomonetaristas: el plan de convertibilidad monetaria, las privatizaciones másivas de las empresas públicas, la apertura indiscriminada, el increíble endeudamiento externo que paso de 46.000 a 120.000 millones de dólares, hacen de la Argentina un modelo a imitar con por el FMI, con tasas de crecimiento anual de más del 5%, sin embargo estas medidas impactan en el aparato productivo de una singular manera, generando el quebranto de cientos de fábricas y miles de pequeñas y medianas empresas desaparecen, los trabajadores sufren un retroceso nunca visto en términos de empleo aumentando drásticamente los niveles de desocupación que se triplican en menos de una década (del 6% en 1988 a el 18% de 1998) en la actualidad la cifra supera el 23%. 

La CGT aliada al presidente Menem hizo lo posible por facilitarle sus planes... ferrocarriles, petróleo, aerolíneas, comunicaciones, transporte, etc., fueron algunas de las áreas que fueron privatizadas con el despido de decenas de miles de trabajadores y la prácticamente ausente respuesta o resistencia gremial. Frente a esta complicidad desde distintos rincones del país se comenzaba a gestar, al comienzo tímidamente, un nuevo modelo sindical.
Gabriel Ariel Ogando
El sindicalismo argentino organizado alrededor de la Confederación General del Trabajo (CGT), a diferencia de los sindicatos y centrales sindicales de otros países que estuvieron vinculados a los partidos comunistas, socialistas e incluso anarquistas, fué desde mediados de los años cuarenta, la «columna vertebral» del partido Justicialista conducido en vida por el Gral. Juan Perón, esto generó que la dependencia partidaria de los sindicatos fuera cada vez mayor, y que las decisiones de estos tuvieran que ver más con cuestiones internas del peronismo, que con las propias necesidades de los trabajadores. 

El fuerte movimiento obrero argentino reconocido por sus logros y sus luchas, fué vaciado de contenido por una elite burócrata, en los últimos 25 años, que supo mantenerse a la cabeza de los sindicatos de la CGT vía diversas alianzas con el poder político de turno, fuera este encabezado por gobiernos militares o «democráticos».

Los distintos intentos de construcción de un sindicalismo combativo como fué la «CGT de los Argentinos» en los años 70s, fueron atacados por esta burocracia sindical, como por los gobiernos de turno que se encargaban de proscribir, perseguir e incluso aniquilar a los principales cuadros de esta corriente, recordemos el periodo de 1975/76 de López Rega y las triple A, así como el nefasto periodo de la dictadura genocida de 1976/83 que desapareció, asesinó y encarceló a todos los dirigentes y activistas sindicales comprometidos. Con la vuelta de la democracia el sindicalismo agrupado en la CGT supo conducir luchas importantes en tanto no estaba en juego su identidad peronista, así el Gobierno del radical Raúl Alfonsin (1983/1989) tuvo que soportar 13 paros generales que paralizar la argentina y lograron frenar en parte el embate de una política que años después (con el menemismo) habría de consolidarse.

En 1989 con la asunción del presidente de origen Justicialista Carlos Menem, la situación seria otra. Este “caudillo provincial” llega al poder en alianza con sectores sindicales y populares, con un programa de tinte nacionalista y populista, al llegar al gobierno borra con el codo lo que escribió con la mano y decide entablar alianzas con sectores del capital financiero y los sectores más concentrados de la industria. 

Con la asunción del “Superministro” estrella de Economía durante el menemato, Domingo Cavallo, se consolida la implementación de las clásicas medidas fondomonetaristas: el plan de convertibilidad monetaria, las privatizaciones másivas de las empresas públicas, la apertura indiscriminada, el increíble endeudamiento externo que paso de 46.000 a 120.000 millones de dólares, hacen de la Argentina un modelo a imitar con por el FMI, con tasas de crecimiento anual de más del 5%, sin embargo estas medidas impactan en el aparato productivo de una singular manera, generando el quebranto de cientos de fábricas y miles de pequeñas y medianas empresas desaparecen, los trabajadores sufren un retroceso nunca visto en términos de empleo aumentando drásticamente los niveles de desocupación que se triplican en menos de una década (del 6% en 1988 a el 18% de 1998) en la actualidad la cifra supera el 23%. 

La CGT aliada al presidente Menem hizo lo posible por facilitarle sus planes... ferrocarriles, petróleo, aerolíneas, comunicaciones, transporte, etc., fueron algunas de las áreas que fueron privatizadas con el despido de decenas de miles de trabajadores y la prácticamente ausente respuesta o resistencia gremial. Frente a esta complicidad desde distintos rincones del país se comenzaba a gestar, al comienzo tímidamente, un nuevo modelo sindical.
Gabriel Ariel Ogando
La CGT y el peronismo
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El sindicalismo argentino en cuestión

El sindicalismo argentino en cuestión


El origen del sindicalismo argentino se remonta a las organizaciones anarquistas y socialistas formadas por los inmigrantes europeos llegados entre fines del XIX y principios del XX, que venían huyendo de la pobreza y el hambre pero también de las experiencias autoritarias en sus países de origen, y que trajeron con ellos, en los barcos, un rechazo casi genético a la autoridad : se formó así un primer sindicalismo combativo y contestatario, protagonista de reclamos organizados inéditos en el contexto latinoamericano, como la huelgas en la Patagonia o la protesta contra la Ley de Residencia.

Desde 1943, cuando asumió como secretario de Trabajo y Previsión, Perón fue estableciendo una serie de derechos laborales hasta ese momento inexistentes y logró encolumnar a casi todos los sindicatos bajo el paraguas del Estado. Sin llegar al extremo del varguismo brasileño, que se aseguró un control absoluto de los gremios, el primer peronismo creó un potente conglomerado de sindicatos adictos, que con el tiempo se convirtieron en su principal eje político y organizativo.

El sindicalismo peronista fue el blanco principal de todos los gobiernos autoritarios posteriores al ’55. Sin embargo, a diferencia de Brasil, donde el régimen militar quebró casi de un día para el otro la espina dorsal del sindicalismo varguista, en Argentina ni siquiera la última dictadura pudo acabar con los gremios peronistas, que en 1983 resurgieron en condiciones más o menos similares a las del pasado. Revivía así un sindicalismo potente, que puso límites y jaqueó al gobierno de Alfonsín, pero también un sindicalismo escasamente renovado : si en Brasil el novo sindicalismo liderado por la CUT de Lula surgió justamente de la lucha contra la dictadura, en Argentina hubo que esperar una década, hasta las reformas de los ’90, para un verdadero impulso de renovación sindical, protagonizado por la CTA.

Los ’90 produjeron un nuevo balance de clases y una reconfiguración del poder sindical. Esto fue resultado de tendencias mundiales que excedían a la Argentina, como la relocalización económica, la expansión del sector servicios y la feminización de la fuerza de trabajo, y también del estilo salvaje que adquirió el neoliberalismo argentino, donde se impuso una profunda flexibilización laboral mediante nuevos mecanismos de subcontratación, tercerización y empleo temporario. Como señala Victoria Murillo (« La encrucijada del sindicalismo argentino »), la apertura comercial y las privatizaciones afectaron a algunos sectores, como las empresas públicas y los sectores industriales protegidos, que en el pasado habían estado entre los más sindicalizados. Y todo bajo la amenaza, difusa pero disciplinadora, de un desempleo en aumento.

El resultado fue una profunda desestructuración del mapa laboral y un golpe al poder de los sindicatos. Se registró en aquellos años una disminución muy marcada de la conflictividad laboral, y sobre todo una división entre aquellos sindicatos que expresaban a los ganadores de las reformas (el ejemplo más claro es el crecimiento de Camioneros por el desmantelamiento de la red ferroviaria y el aumento del comercio regional en el Mercosur) y los perdedores (sobre todo estatales y docentes : no es casual que la CTA haya surgido de allí).

La conducción de la mayoría de los sindicatos acompañó el giro menemista. Hubo excepciones, como la CTA y el MTA de Hugo Moyano, una línea interna que sin romper con la CGT se opuso a muchas de las políticas de aquellos años. Pero el balance general es de complicidad. A cambio del colaboracionismo, Menem desoyó las presiones de su principal aliado interno (los grandes empresarios) y externo (los organismos internacionales) y se negó a implementar una sola medida que modificara la regulación de la organización obrera. Ni una sola.

El monopolio de la representación a nivel de planta (administrado por la personería gremial otorgada por el Ministerio de Trabajo) siguió funcionando como reaseguro del poder de las conducciones, en tanto que el control de la obra social les garantizó el manejo de un enorme flujo de recursos. La participación de representantes sindicales en las listas legislativas del primer menemismo (aspecto bien retratado por Héctor Palomino en « Los cambios en el mundo del trabajo y los dilemas sindicales ») mantuvo el peso político de los caciques cegetistas. Concesiones discutibles pero al fin y al cabo clásicas, bien peronistas, a las que se sumó una nueva, ésta sí de clara inspiración menemista : la participación de los sindicatos en nuevos negocios, desde trenes y empresas de salud hasta aseguradoras de riesgo de trabajo, que dio nacimiento al paradójico sindicalista-empresario.

Tras la crisis del 2001, el poder de los sindicatos resurgió al calor de la expansión económica kirchnerista. A diferencia de lo que ocurrió en otros países, donde las reformas neoliberales trasladaron el eje productivo a sectores difícilmente sindicalizables, como la maquila en México o la industria forestal y la florihorticultura en Chile, en la Argentina pos-crisis se expandieron actividades como el transporte, los alimentos o el petróleo. Sectores que, aunque no fueron hegemónicos en la etapa preneoliberal de sustitución de importaciones, sí contaban con sindicatos organizados, que supieron aprovechar la situación de bonanza para reactivarse y ganar protagonismo. Fueron estos gremios, los ganadores del nuevo modelo, quienes asumieron el liderazgo político del sindicalismo en la nueva etapa. Sus representados, trabajadores en blanco cuyos salarios aumentan más que la inflación, se convirtieron en uno de los ejes del apoyo social al kirchnerismo.

En suma, el sindicalismo argentino se formó al calor del Estado peronista, fue perseguido pero no aniquilado por la dictadura y, renovado sólo en parte, colaboró con las reformas de Menem. Hoy acompaña mayoritariamente a Kirchner. ¿Cuál es el resultado de esta evolución ? En primer lugar, un sindicalismo que, salvo excepciones, es verticalista y tendiente a concentrar el poder interno en un cacique indestructible. Es escasamente democrático, al menos si se considera la alternancia como requisito básico de la democracia : Armando Cavalieri, 35 años al frente de los empleados de Comercio ; Carlos West Ocampo, 28 años ; Barrionuevo, 25 años. La mayoría de los sindicalistas se niega a aceptar el rol de las minorías en el marco de elecciones en las que los veedores externos no son aceptados : como sabe bien cualquier delegado con pretensiones de rebeldía, la cantidad de requisitos institucionales, junto a las prácticas extralegales de amedrentamiento, hacen prácticamente imposible desafiar las conducciones hegemónicas.

A la falta de democracia interna se suma, retroalimentándola, la escasa transparencia en el manejo de los recursos de las obras sociales, que a veces deriva en negocios homicidas como el de los medicamentos truchos. Las patotas que responden ciegamente al líder funcionan como fuerza de choque interna : hubo, en los últimos años, varios episodios de violencia sindical, de los cuales el asesinato de Mariano Ferreyra es sólo el más grave.

Por último, cabe señalar la desatención de los sindicatos hacia las personas que se encuentran excluidas del mercado formal de trabajo, a quienes han preferido ignorar : la Asignación por Hijo, por ejemplo, nunca fue una bandera de los gremios –usemos la expresión de moda– concentrados. Fue la CTA la que desarrolló un intenso trabajo para superar esta fractura y unificar la voz de los sectores populares con la de los excluidos.
Pero el sindicalismo argentino –poco democrático, opaco y capaz de albergar oscuras formas de violencia– tiene otra cara en sus éxitos corporativos. Muchos gremios, incluyendo algunos de los capitaneados por los gordos, han conseguido importantes beneficios para sus afiliados. Como señala bien Sebastián Etchemeny, en pocos países del mundo un albañil que gana 500 dólares al mes puede contar con los beneficios sindicales y de la obra social de la Uocra.

Un caso interesante es el de Moyano, a quien se le podrán criticar miles de cosas, desde la opacidad en el manejo del gremio al afán dinástico que lo ha llevado a colocar en lugares estratégicos a su hijo y a su mujer. Pero habrá que reconocerle al camionero que defiende a los suyos, por ejemplo cuando bloquea plantas industriales. Detrás de este método, por supuesto cuestionable, hay un reclamo justo : en lugar de mandar a una patota a fusilar a quienes piden sumarse al sindicato, Moyano busca sumar como afiliados a trabajadores que se desempeñan como camioneros pero que se encuentran encuadrados en alguna modalidad precarizada (tercerizados, empleados de falsas cooperativas, etc.). Desde un punto de vista más general, la conducción de Moyano ha sido clave en el sostenimiento de un modelo económico que genera un alto crecimiento pero también mucha inflación. Con una posición constructiva, el líder de la CGT ha logrado contener las demandas salariales a un techo macroeconómicamente razonable, administrando sobriamente la presencia gremial en las calles.

Todo cambia con el tiempo, y parece que desde el 2003 la expresión « gobernabilidad » –acuñada en tiempos de Menem como macroargumento justificador de ajustes y privatizaciones– ha dejado de ser patrimonio exclusivo de la derecha.
Página 12 . Buenos Aires, 24 de Octubre de 2010.

El origen del sindicalismo argentino se remonta a las organizaciones anarquistas y socialistas formadas por los inmigrantes europeos llegados entre fines del XIX y principios del XX, que venían huyendo de la pobreza y el hambre pero también de las experiencias autoritarias en sus países de origen, y que trajeron con ellos, en los barcos, un rechazo casi genético a la autoridad : se formó así un primer sindicalismo combativo y contestatario, protagonista de reclamos organizados inéditos en el contexto latinoamericano, como la huelgas en la Patagonia o la protesta contra la Ley de Residencia.

Desde 1943, cuando asumió como secretario de Trabajo y Previsión, Perón fue estableciendo una serie de derechos laborales hasta ese momento inexistentes y logró encolumnar a casi todos los sindicatos bajo el paraguas del Estado. Sin llegar al extremo del varguismo brasileño, que se aseguró un control absoluto de los gremios, el primer peronismo creó un potente conglomerado de sindicatos adictos, que con el tiempo se convirtieron en su principal eje político y organizativo.

El sindicalismo peronista fue el blanco principal de todos los gobiernos autoritarios posteriores al ’55. Sin embargo, a diferencia de Brasil, donde el régimen militar quebró casi de un día para el otro la espina dorsal del sindicalismo varguista, en Argentina ni siquiera la última dictadura pudo acabar con los gremios peronistas, que en 1983 resurgieron en condiciones más o menos similares a las del pasado. Revivía así un sindicalismo potente, que puso límites y jaqueó al gobierno de Alfonsín, pero también un sindicalismo escasamente renovado : si en Brasil el novo sindicalismo liderado por la CUT de Lula surgió justamente de la lucha contra la dictadura, en Argentina hubo que esperar una década, hasta las reformas de los ’90, para un verdadero impulso de renovación sindical, protagonizado por la CTA.

Los ’90 produjeron un nuevo balance de clases y una reconfiguración del poder sindical. Esto fue resultado de tendencias mundiales que excedían a la Argentina, como la relocalización económica, la expansión del sector servicios y la feminización de la fuerza de trabajo, y también del estilo salvaje que adquirió el neoliberalismo argentino, donde se impuso una profunda flexibilización laboral mediante nuevos mecanismos de subcontratación, tercerización y empleo temporario. Como señala Victoria Murillo (« La encrucijada del sindicalismo argentino »), la apertura comercial y las privatizaciones afectaron a algunos sectores, como las empresas públicas y los sectores industriales protegidos, que en el pasado habían estado entre los más sindicalizados. Y todo bajo la amenaza, difusa pero disciplinadora, de un desempleo en aumento.

El resultado fue una profunda desestructuración del mapa laboral y un golpe al poder de los sindicatos. Se registró en aquellos años una disminución muy marcada de la conflictividad laboral, y sobre todo una división entre aquellos sindicatos que expresaban a los ganadores de las reformas (el ejemplo más claro es el crecimiento de Camioneros por el desmantelamiento de la red ferroviaria y el aumento del comercio regional en el Mercosur) y los perdedores (sobre todo estatales y docentes : no es casual que la CTA haya surgido de allí).

La conducción de la mayoría de los sindicatos acompañó el giro menemista. Hubo excepciones, como la CTA y el MTA de Hugo Moyano, una línea interna que sin romper con la CGT se opuso a muchas de las políticas de aquellos años. Pero el balance general es de complicidad. A cambio del colaboracionismo, Menem desoyó las presiones de su principal aliado interno (los grandes empresarios) y externo (los organismos internacionales) y se negó a implementar una sola medida que modificara la regulación de la organización obrera. Ni una sola.

El monopolio de la representación a nivel de planta (administrado por la personería gremial otorgada por el Ministerio de Trabajo) siguió funcionando como reaseguro del poder de las conducciones, en tanto que el control de la obra social les garantizó el manejo de un enorme flujo de recursos. La participación de representantes sindicales en las listas legislativas del primer menemismo (aspecto bien retratado por Héctor Palomino en « Los cambios en el mundo del trabajo y los dilemas sindicales ») mantuvo el peso político de los caciques cegetistas. Concesiones discutibles pero al fin y al cabo clásicas, bien peronistas, a las que se sumó una nueva, ésta sí de clara inspiración menemista : la participación de los sindicatos en nuevos negocios, desde trenes y empresas de salud hasta aseguradoras de riesgo de trabajo, que dio nacimiento al paradójico sindicalista-empresario.

Tras la crisis del 2001, el poder de los sindicatos resurgió al calor de la expansión económica kirchnerista. A diferencia de lo que ocurrió en otros países, donde las reformas neoliberales trasladaron el eje productivo a sectores difícilmente sindicalizables, como la maquila en México o la industria forestal y la florihorticultura en Chile, en la Argentina pos-crisis se expandieron actividades como el transporte, los alimentos o el petróleo. Sectores que, aunque no fueron hegemónicos en la etapa preneoliberal de sustitución de importaciones, sí contaban con sindicatos organizados, que supieron aprovechar la situación de bonanza para reactivarse y ganar protagonismo. Fueron estos gremios, los ganadores del nuevo modelo, quienes asumieron el liderazgo político del sindicalismo en la nueva etapa. Sus representados, trabajadores en blanco cuyos salarios aumentan más que la inflación, se convirtieron en uno de los ejes del apoyo social al kirchnerismo.

En suma, el sindicalismo argentino se formó al calor del Estado peronista, fue perseguido pero no aniquilado por la dictadura y, renovado sólo en parte, colaboró con las reformas de Menem. Hoy acompaña mayoritariamente a Kirchner. ¿Cuál es el resultado de esta evolución ? En primer lugar, un sindicalismo que, salvo excepciones, es verticalista y tendiente a concentrar el poder interno en un cacique indestructible. Es escasamente democrático, al menos si se considera la alternancia como requisito básico de la democracia : Armando Cavalieri, 35 años al frente de los empleados de Comercio ; Carlos West Ocampo, 28 años ; Barrionuevo, 25 años. La mayoría de los sindicalistas se niega a aceptar el rol de las minorías en el marco de elecciones en las que los veedores externos no son aceptados : como sabe bien cualquier delegado con pretensiones de rebeldía, la cantidad de requisitos institucionales, junto a las prácticas extralegales de amedrentamiento, hacen prácticamente imposible desafiar las conducciones hegemónicas.

A la falta de democracia interna se suma, retroalimentándola, la escasa transparencia en el manejo de los recursos de las obras sociales, que a veces deriva en negocios homicidas como el de los medicamentos truchos. Las patotas que responden ciegamente al líder funcionan como fuerza de choque interna : hubo, en los últimos años, varios episodios de violencia sindical, de los cuales el asesinato de Mariano Ferreyra es sólo el más grave.

Por último, cabe señalar la desatención de los sindicatos hacia las personas que se encuentran excluidas del mercado formal de trabajo, a quienes han preferido ignorar : la Asignación por Hijo, por ejemplo, nunca fue una bandera de los gremios –usemos la expresión de moda– concentrados. Fue la CTA la que desarrolló un intenso trabajo para superar esta fractura y unificar la voz de los sectores populares con la de los excluidos.
Pero el sindicalismo argentino –poco democrático, opaco y capaz de albergar oscuras formas de violencia– tiene otra cara en sus éxitos corporativos. Muchos gremios, incluyendo algunos de los capitaneados por los gordos, han conseguido importantes beneficios para sus afiliados. Como señala bien Sebastián Etchemeny, en pocos países del mundo un albañil que gana 500 dólares al mes puede contar con los beneficios sindicales y de la obra social de la Uocra.

Un caso interesante es el de Moyano, a quien se le podrán criticar miles de cosas, desde la opacidad en el manejo del gremio al afán dinástico que lo ha llevado a colocar en lugares estratégicos a su hijo y a su mujer. Pero habrá que reconocerle al camionero que defiende a los suyos, por ejemplo cuando bloquea plantas industriales. Detrás de este método, por supuesto cuestionable, hay un reclamo justo : en lugar de mandar a una patota a fusilar a quienes piden sumarse al sindicato, Moyano busca sumar como afiliados a trabajadores que se desempeñan como camioneros pero que se encuentran encuadrados en alguna modalidad precarizada (tercerizados, empleados de falsas cooperativas, etc.). Desde un punto de vista más general, la conducción de Moyano ha sido clave en el sostenimiento de un modelo económico que genera un alto crecimiento pero también mucha inflación. Con una posición constructiva, el líder de la CGT ha logrado contener las demandas salariales a un techo macroeconómicamente razonable, administrando sobriamente la presencia gremial en las calles.

Todo cambia con el tiempo, y parece que desde el 2003 la expresión « gobernabilidad » –acuñada en tiempos de Menem como macroargumento justificador de ajustes y privatizaciones– ha dejado de ser patrimonio exclusivo de la derecha.
Página 12 . Buenos Aires, 24 de Octubre de 2010.
El sindicalismo argentino en cuestión
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¿Sindicatos paralelos?

¿Sindicatos paralelos?

LAS TAREAS PARA LA CONTRUCCION DE UN SINDICALISMO DEMOCRATICO Y PARTICIPATIVO. 


Por Alejandro Belkin - La tarea de construir un sindicalismo democrático y participativo no es para nada sencilla, especialmente en el ámbito de la actividad privada, cada paso se encuentra plagado de múltiples dificultades.

El crecimiento económico que transitó el país a partir del año 2003, abonó el terreno para la lucha sindical y permitió la emergencia de una extendida camada de activistas anti-burocráticos. Este proceso nos plantea nuevos y renovados desafíos. ¿Cómo ayudamos a consolidar y a desarrollar estas flamantes experiencias sindicales? Se han formulado diversas respuestas. Algunos compañeros han planteado que tenemos que crear sindicatos paralelos en todos los sectores. La política de construcción de nuevas organizaciones gremiales, ¿es el mejor camino?

La pregunta así planteada pensamos que se encuentra formulada de manera incorrecta. La pelea principal no es una cuestión de estructuras organizativas, ni tampoco un tema estatutario. El objetivo radica en ganar a la clase trabajadora para una política sindical democrática y participativa, opuesta a la que sostienen las direcciones burocráticas.

Sin dudas, los avances que vayamos logrando en este sentido, para que se hagan efectivos, deben cristalizar necesariamente en organización. De esta forma, iremos acumulado fuerzas. Sin embargo, tenemos que ser muy cuidadosos en este proceso. No hay fórmulas mágicas, ni recetas que se puedan aplicar en todos los casos. Las formas organizativas más apropiadas dependerán, fundamentalmente, de las relaciones de fuerzas que los trabajadores hayan logrado construir, en cada momento y en cada lugar.

Construir con los trabajadores
Para desarrollar un trabajo sindical serio, debemos ir al encuentro de los trabajadores donde ellos estén, formando parte en su proceso de organización y concientización. Por esa razón, como regla general, debemos militar en las organizaciones donde se encuentren los trabajadores. Aunque esas organizaciones sean sindicatos completamente burocratizados, allí debemos estar. Es la única forma de fundirnos en el movimiento real. Sólo formando parte de las necesidades concretas de los trabajadores, de sus experiencias cotidianas, podemos desplegar nuestra política con posibilidades ciertas de éxito.

En la gran mayoría de los casos, las asociaciones gremiales en las que se encuentran encuadrados los trabajadores, no son las que nosotros quisiéramos. Sin embargo, si los mismos compañeros las reconocen como propias –por acción u omisión- ese es el terreno sobre el que debemos actuar.

Insistimos con esta idea, todo aquel que quiera hacer un trabajo político serio, que busque construir poder real, debe fusionarse con las masas obreras, trabajar donde ellas se encuentren. La necesaria vinculación que debemos establecer con los trabajadores tiene un objetivo bien preciso: ganar a las bases para una política sindical distinta de la sostenida por las direcciones burocráticas. Dicho en otros términos y para que quede claro a donde apuntamos, no se trata de recuperar los sindicatos en general –formulación que en sí misma es una abstracción si no se le da un contenido determinado- sino de promover en las bases una política sindical democrática y participativa.

Si logramos vincularnos con las necesidades concretas de la clase trabajadora y ganarla para nuestra política sindical, en ese momento y sólo en ese momento, pasa a segundo plano la organización formal que las contenga. No se trata de una cuestión de siglas, el problema reside en convencer a los trabajadores para que se involucren y adopten una política sindical democrática y participativa. Una vez que los trabajadores han logrado organizarse y adoptaron la política que estamos proponiendo, se transforma en una cuestión táctica la organización donde se encuadren.

La tarea de organizarse en los lugares de trabajo es de por sí muy complicada. Se deben esquivar las persecuciones de las patronales y las conducciones burocráticas. Si además, cuando los compañeros recién empiezan a organizarse, le endosamos la misión de formar un nuevo sindicato, es muy probable que sólo consigamos abortar cualquier proceso incipiente de organización sindical.

La dictadura patronal
Los lugares de trabajo son ámbitos donde la democracia se encuentra completamente ausente. Cuando traspasamos el portón de la fábrica, ingresamos en el reino de la patronal. Dentro de los establecimientos, los empresarios son los únicos soberanos, con poderes absolutos. Allí la gerencia de la empresa es quien manda, los trabajadores sólo deben obedecer. El sistema fabril se asemeja al régimen carcelario. Los mecanismo de control del personal se emparentan con la disciplina castrense.

Cualquier actividad que intente salirse de las normas impuestas por la jerarquía patronal se sanciona despiadadamente. Sabemos que el peor castigo para los trabajadores consiste en quedarse sin trabajo. Por estas razones, el trabajo sindical en el sector privado debe realizarse con sumo cuidado. Debemos redoblar las medidas precautorias. Se vuelve indispensable desplegar nuestra actividad de forma secreta ó clandestina. Las condiciones del enfrentamiento no las determinamos nosotros, son las que nos ha impuesto el enemigo.
La legislación vigente ampara la actividad gremial. Sin embargo, esto no impide que diariamente los empresarios persigan, sancionen y despidan a trabajadores, activistas y aún a delegados gremiales, legítimamente electos. La mejor protección que pueden tener los militantes sindicales reside en la propia organización obrera. Despertar ilusiones excesivas, en la legislación laboral, puede resultar muy peligroso para la construcción sindical.

Estos conceptos, que pueden resultar familiares para los cuadros más experimentados, deben ser aprehendidos por las nuevas camadas de activistas. Debemos educar a los jóvenes que se incorporan a la militancia gremial, señalarles la necesidad de pensar la construcción sindical en el largo plazo. De esa forma, evitaremos medidas equivocadamente desmesuradas ó impaciencias que pueden costar muy caras.
Junto con el dispositivo de control -de tipo carcelario- que impone la patronal, nos enfrentamos con las medidas persecutorias de las direcciones sindicales burocráticas. Este sistema bicéfalo de vigilancia, establece márgenes muy estrechos para nuestra actividad. En la mayoría de los casos, el conjunto de estos elementos, nos constriñe a trabajar dentro de las estructuras tradicionales. No hay resquicios suficientes para impulsar formas de organización alternativas. Este contexto nos obliga, en muchas ocasiones, a desarrollar nuestra disputa por las masas participando de las organizaciones sindicales ya existentes.

La pelea por la conciencia de nuestros compañeros
Uno de los principales obstáculos con el cual nos enfrentamos diariamente, en nuestra lucha cotidiana por construir un nuevo sindicalismo, es la propia conciencia de nuestros compañeros. El individualismo y la desconfianza en la acción colectiva, ideas propagadas por la patronal, se han hecho carne en fracciones importantes de la clase trabajadora. La otra cara de estos males es el tipo de sindicalismo que genera, que tiene características delegativas y sustitucionistas. Los compañeros esperan que el delegado sindical les resuelva todas sus dificultades. Si no logramos superar el individualismo que se ha instalado en amplios sectores de nuestra clase y si no conseguimos que los mismos trabajadores se involucren en la solución de sus problemas, será imposible sentar las bases de otro modelo sindical.

Debemos apostar por generar otro tipo de paradigma, superando las salidas individuales y delegativas, apostando por la participación masiva de los compañeros en la vida sindical. Por esa razón, afirmamos que la pelea principal es por la conciencia de los trabajadores. Debemos disputarle, compañero por compañero, a la patronal y a la burocracia sindical.

Conclusiones
¿Debemos impulsar estructuras sindicales paralelas? La tarea principal consiste en ganar a los trabajadores para una política sindical democrática y participativa. Este debe ser el eje de nuestra política. Por ese camino, iremos construyendo poder propio, que nos permitirá en el futuro plantearnos objetivos superiores.
La formación de gremios alternativos es un problema táctico, en cierta medida secundario, debe estar al servicio de impulsar y consolidar formas democráticas de construcción sindical. No debemos confundir las herramientas, los medios, con los fines. Como sostiene Victorio Paulón, “la libertad y la democracia sindical no son la condición previa para que la clase trabajadora rompa con el sometimiento que padece sino el objetivo a lograr”.

En muchos casos, tendremos que llevar a cabo nuestra lucha en el interior de las estructuras tradicionales, en otras situaciones, la mejor opción consistirá en la formación de agrupaciones gremiales, y seguramente habrá lugares, donde la construcción de sindicatos paralelos resultará la mejor alternativa. Pero en todos los casos, debemos recordar que sólo el compromiso de los trabajadores con la vida sindical y su participación democrática puede garantizar el desarrollo y la consolidación de otro tipo de sindicalismo, que se encuentre al servicio de los verdaderos intereses de la clase trabajadora. La tarea fundamental no es construir un nuevo sindicato, sino un nuevo sindicalismo.
LAS TAREAS PARA LA CONTRUCCION DE UN SINDICALISMO DEMOCRATICO Y PARTICIPATIVO. 


Por Alejandro Belkin - La tarea de construir un sindicalismo democrático y participativo no es para nada sencilla, especialmente en el ámbito de la actividad privada, cada paso se encuentra plagado de múltiples dificultades.

El crecimiento económico que transitó el país a partir del año 2003, abonó el terreno para la lucha sindical y permitió la emergencia de una extendida camada de activistas anti-burocráticos. Este proceso nos plantea nuevos y renovados desafíos. ¿Cómo ayudamos a consolidar y a desarrollar estas flamantes experiencias sindicales? Se han formulado diversas respuestas. Algunos compañeros han planteado que tenemos que crear sindicatos paralelos en todos los sectores. La política de construcción de nuevas organizaciones gremiales, ¿es el mejor camino?

La pregunta así planteada pensamos que se encuentra formulada de manera incorrecta. La pelea principal no es una cuestión de estructuras organizativas, ni tampoco un tema estatutario. El objetivo radica en ganar a la clase trabajadora para una política sindical democrática y participativa, opuesta a la que sostienen las direcciones burocráticas.

Sin dudas, los avances que vayamos logrando en este sentido, para que se hagan efectivos, deben cristalizar necesariamente en organización. De esta forma, iremos acumulado fuerzas. Sin embargo, tenemos que ser muy cuidadosos en este proceso. No hay fórmulas mágicas, ni recetas que se puedan aplicar en todos los casos. Las formas organizativas más apropiadas dependerán, fundamentalmente, de las relaciones de fuerzas que los trabajadores hayan logrado construir, en cada momento y en cada lugar.

Construir con los trabajadores
Para desarrollar un trabajo sindical serio, debemos ir al encuentro de los trabajadores donde ellos estén, formando parte en su proceso de organización y concientización. Por esa razón, como regla general, debemos militar en las organizaciones donde se encuentren los trabajadores. Aunque esas organizaciones sean sindicatos completamente burocratizados, allí debemos estar. Es la única forma de fundirnos en el movimiento real. Sólo formando parte de las necesidades concretas de los trabajadores, de sus experiencias cotidianas, podemos desplegar nuestra política con posibilidades ciertas de éxito.

En la gran mayoría de los casos, las asociaciones gremiales en las que se encuentran encuadrados los trabajadores, no son las que nosotros quisiéramos. Sin embargo, si los mismos compañeros las reconocen como propias –por acción u omisión- ese es el terreno sobre el que debemos actuar.

Insistimos con esta idea, todo aquel que quiera hacer un trabajo político serio, que busque construir poder real, debe fusionarse con las masas obreras, trabajar donde ellas se encuentren. La necesaria vinculación que debemos establecer con los trabajadores tiene un objetivo bien preciso: ganar a las bases para una política sindical distinta de la sostenida por las direcciones burocráticas. Dicho en otros términos y para que quede claro a donde apuntamos, no se trata de recuperar los sindicatos en general –formulación que en sí misma es una abstracción si no se le da un contenido determinado- sino de promover en las bases una política sindical democrática y participativa.

Si logramos vincularnos con las necesidades concretas de la clase trabajadora y ganarla para nuestra política sindical, en ese momento y sólo en ese momento, pasa a segundo plano la organización formal que las contenga. No se trata de una cuestión de siglas, el problema reside en convencer a los trabajadores para que se involucren y adopten una política sindical democrática y participativa. Una vez que los trabajadores han logrado organizarse y adoptaron la política que estamos proponiendo, se transforma en una cuestión táctica la organización donde se encuadren.

La tarea de organizarse en los lugares de trabajo es de por sí muy complicada. Se deben esquivar las persecuciones de las patronales y las conducciones burocráticas. Si además, cuando los compañeros recién empiezan a organizarse, le endosamos la misión de formar un nuevo sindicato, es muy probable que sólo consigamos abortar cualquier proceso incipiente de organización sindical.

La dictadura patronal
Los lugares de trabajo son ámbitos donde la democracia se encuentra completamente ausente. Cuando traspasamos el portón de la fábrica, ingresamos en el reino de la patronal. Dentro de los establecimientos, los empresarios son los únicos soberanos, con poderes absolutos. Allí la gerencia de la empresa es quien manda, los trabajadores sólo deben obedecer. El sistema fabril se asemeja al régimen carcelario. Los mecanismo de control del personal se emparentan con la disciplina castrense.

Cualquier actividad que intente salirse de las normas impuestas por la jerarquía patronal se sanciona despiadadamente. Sabemos que el peor castigo para los trabajadores consiste en quedarse sin trabajo. Por estas razones, el trabajo sindical en el sector privado debe realizarse con sumo cuidado. Debemos redoblar las medidas precautorias. Se vuelve indispensable desplegar nuestra actividad de forma secreta ó clandestina. Las condiciones del enfrentamiento no las determinamos nosotros, son las que nos ha impuesto el enemigo.
La legislación vigente ampara la actividad gremial. Sin embargo, esto no impide que diariamente los empresarios persigan, sancionen y despidan a trabajadores, activistas y aún a delegados gremiales, legítimamente electos. La mejor protección que pueden tener los militantes sindicales reside en la propia organización obrera. Despertar ilusiones excesivas, en la legislación laboral, puede resultar muy peligroso para la construcción sindical.

Estos conceptos, que pueden resultar familiares para los cuadros más experimentados, deben ser aprehendidos por las nuevas camadas de activistas. Debemos educar a los jóvenes que se incorporan a la militancia gremial, señalarles la necesidad de pensar la construcción sindical en el largo plazo. De esa forma, evitaremos medidas equivocadamente desmesuradas ó impaciencias que pueden costar muy caras.
Junto con el dispositivo de control -de tipo carcelario- que impone la patronal, nos enfrentamos con las medidas persecutorias de las direcciones sindicales burocráticas. Este sistema bicéfalo de vigilancia, establece márgenes muy estrechos para nuestra actividad. En la mayoría de los casos, el conjunto de estos elementos, nos constriñe a trabajar dentro de las estructuras tradicionales. No hay resquicios suficientes para impulsar formas de organización alternativas. Este contexto nos obliga, en muchas ocasiones, a desarrollar nuestra disputa por las masas participando de las organizaciones sindicales ya existentes.

La pelea por la conciencia de nuestros compañeros
Uno de los principales obstáculos con el cual nos enfrentamos diariamente, en nuestra lucha cotidiana por construir un nuevo sindicalismo, es la propia conciencia de nuestros compañeros. El individualismo y la desconfianza en la acción colectiva, ideas propagadas por la patronal, se han hecho carne en fracciones importantes de la clase trabajadora. La otra cara de estos males es el tipo de sindicalismo que genera, que tiene características delegativas y sustitucionistas. Los compañeros esperan que el delegado sindical les resuelva todas sus dificultades. Si no logramos superar el individualismo que se ha instalado en amplios sectores de nuestra clase y si no conseguimos que los mismos trabajadores se involucren en la solución de sus problemas, será imposible sentar las bases de otro modelo sindical.

Debemos apostar por generar otro tipo de paradigma, superando las salidas individuales y delegativas, apostando por la participación masiva de los compañeros en la vida sindical. Por esa razón, afirmamos que la pelea principal es por la conciencia de los trabajadores. Debemos disputarle, compañero por compañero, a la patronal y a la burocracia sindical.

Conclusiones
¿Debemos impulsar estructuras sindicales paralelas? La tarea principal consiste en ganar a los trabajadores para una política sindical democrática y participativa. Este debe ser el eje de nuestra política. Por ese camino, iremos construyendo poder propio, que nos permitirá en el futuro plantearnos objetivos superiores.
La formación de gremios alternativos es un problema táctico, en cierta medida secundario, debe estar al servicio de impulsar y consolidar formas democráticas de construcción sindical. No debemos confundir las herramientas, los medios, con los fines. Como sostiene Victorio Paulón, “la libertad y la democracia sindical no son la condición previa para que la clase trabajadora rompa con el sometimiento que padece sino el objetivo a lograr”.

En muchos casos, tendremos que llevar a cabo nuestra lucha en el interior de las estructuras tradicionales, en otras situaciones, la mejor opción consistirá en la formación de agrupaciones gremiales, y seguramente habrá lugares, donde la construcción de sindicatos paralelos resultará la mejor alternativa. Pero en todos los casos, debemos recordar que sólo el compromiso de los trabajadores con la vida sindical y su participación democrática puede garantizar el desarrollo y la consolidación de otro tipo de sindicalismo, que se encuentre al servicio de los verdaderos intereses de la clase trabajadora. La tarea fundamental no es construir un nuevo sindicato, sino un nuevo sindicalismo.
¿Sindicatos paralelos?
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